El creciente entusiasmo por los análisis de sangre para detectar patología amiloide está transformando el panorama del diagnóstico del Alzheimer. Estas pruebas, más accesibles y menos invasivos que el PET o el LCR, se están popularizando rápidamente en clínicas privadas y centros de investigación. Su promesa es clara: identificar la biología de la enfermedad de forma temprana, incluso en personas sin síntomas, y facilitar el acceso a terapias dirigidas. Sin embargo, esta expansión acelerada está generando dudas sobre su uso indiscriminado y sobre la capacidad de los sistemas sanitarios para interpretar adecuadamente sus resultados.
Este artículo describe cómo estas pruebas —especialmente las basados en p‑tau217— muestran una precisión muy elevada en estudios controlados, pero su rendimiento en la práctica real es más incierto. Se advierte que un resultado positivo no equivale a un diagnóstico de Alzheimer, ni predice necesariamente deterioro cognitivo. Además, la mayoría de los datos provienen de cohortes seleccionadas, con riesgo de sesgos importantes. El riesgo de falsos positivos, la ansiedad generada en personas asintomáticas y la falta de protocolos claros sobre qué hacer tras un resultado positivo son desafíos aún no resueltos.
En el contexto actual, donde los anticuerpos antiamiloide requieren confirmación biológica antes de iniciar tratamiento, estos biomarcadores podrían desempeñar un papel relevante, pero siempre dentro de un proceso clínico estructurado. Es necesario que haya guías que definan quién debe hacerse la prueba, cómo interpretar los resultados y cómo evitar un uso masivo que podría medicalizar a personas sanas.
Grupo de Deterioro cognitivo
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