La dificultad para comer y tragar es un problema frecuente en fases avanzadas de la demencia, lo que a menudo genera dudas en familias y profesionales sobre la conveniencia de colocar una sonda de alimentación. Aunque las principales guías internacionales —incluidas las de la Canadian Geriatrics Society y la American Geriatrics Society— desaconsejan el uso de sondas en demencia avanzada, su utilización persiste en algunos entornos clínicos.
Este estudio, una cohorte poblacional de más de 143.000 personas mayores con demencia hospitalizadas en Ontario1, muestra que solo el 0,9% recibió una sonda de alimentación, pero quienes la recibieron presentaron peores resultados clínicos. Durante la hospitalización, tuvieron estancias más prolongadas (65,6 días frente a 14,8), mayor ingreso en UCI (42,5% frente a 10,2%) y mayor mortalidad hospitalaria (22,4% frente a 10,3%). A un año del alta, la mitad había fallecido, frente al 28,4% de quienes no recibieron sonda. Además, factores como problemas de deglución o mayor dependencia funcional aumentaron la probabilidad de colocación, mientras que ser mujer, vivir en zonas rurales o tener una orden de no reanimación la reducían.
La alimentación asistida, las adaptaciones dietéticas y el acompañamiento cuidadoso suelen ser alternativas más alineadas con el confort y la dignidad en la demencia avanzada. Para avanzar, es clave fortalecer las conversaciones sobre objetivos de cuidado, integrar protocolos que eviten intervenciones de bajo valor y asegurar que las familias reciban información clara sobre el pronóstico y las opciones disponibles.
Grupo GBE
REFERENCIA

