El artículo plantea una crítica contundente al uso acrítico de la edad cronológica como criterio clínico. A través del caso de un hombre de 86 años con fibrilación auricular al que se le negó la anticoagulación únicamente por su edad. Como señala, la edad cronológica de los pacientes se utiliza a menudo como sustituto de una evaluación individualizada de los factores de riesgo relacionados con el envejecimiento, pese a que personas de la misma edad pueden diferir enormemente en la capacidad cognoscitiva, la reserva fisiológica, la fuerza o el riesgo vascular. La edad cronológica, aunque accesible y cómoda, se convierte así en un atajo que simplifica en exceso la complejidad del envejecimiento.
El texto revisa la literatura que demuestra la disociación entre edad cronológica y edad biológica. Los procesos moleculares asociados al envejecimiento —epigenética, inflamación crónica, alteraciones mitocondriales, rigidez vascular— progresan a ritmos distintos entre individuos. Las herramientas como los relojes epigenéticos, los perfiles inflamatorios o las medidas de reserva fisiológica predicen mejor la recuperación, la fragilidad o la mortalidad que la edad en años. El artículo aboga por integrar medidas de edad biológica en la práctica clínica, no para sustituir el juicio clínico, sino para refinarlo. Propone un enfoque compuesto que combine biomarcadores moleculares, perfiles inmunológicos, medidas funcionales y evaluación cognitiva, especialmente útil en decisiones de mayor riesgo: cirugías mayores, terapias intensivas, anticoagulación, cribado oncológico o trasplantes.
El mensaje final es claro, la edad cronológica puede seguir siendo un punto de partida, pero no debe seguir funcionando como un representante incuestionado de la reserva fisiológica. Adoptar una visión más matizada permitiría decisiones más justas, precisas y alineadas con la realidad biológica de cada persona.
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