Diversos estudios recientes muestran que un estilo de vida saludable, incluyendo dieta equilibrada, actividad física regular, estimulación cognitiva y participación social, se asocia con mejor función cognitiva en adultos mayores, incluso en presencia de neuropatología típica de demencia. En cohortes longitudinales, un mayor índice de estilo de vida saludable se relacionó con mejor rendimiento cognitivo cercano al final de la vida, independientemente de la carga de betamiloide o tau, lo que sugiere un efecto protector directo sobre la función cerebral.
Los ensayos clínicos recientes, especialmente el estudio U.S. POINTER, refuerzan estos resultados1. En este ensayo multicéntrico de dos años, adultos mayores con riesgo de deterioro cognitivo asignados a una intervención estructurada e intensiva (actividad física supervisada, dieta cardioprotectora, control vascular, actividades cognitivas y sociales) mostraron mejoras significativas en la cognición general frente a intervenciones autoguiadas. Estos beneficios se mantuvieron durante los dos años de seguimiento, demostrando que la intensidad y la estructura del programa son determinantes para obtener impacto clínico.
En conjunto, los cambios de estilo de vida no solo son recomendables, sino que constituyen una intervención modificadora del riesgo con efectos medibles en la cognición, incluso en personas con factores de riesgo o con patología cerebral subyacente. Para la práctica geriátrica, esto refuerza la necesidad de programas estructurados, mantenidos en el tiempo, especialmente en población con sedentarismo, dieta poco saludable o riesgo vascular.
La implantación de intervenciones tipo POINTER en servicios de geriatría podría convertirse en una herramienta clave para la prevención del deterioro cognitivo en España.
Grupo Deterioro Cognitivo
REFERENCIA

